“Mi padre me abusó desde los 7 años y recién ahora conseguí la perimetral”

Policiales 11 de enero de 2020 Por
El desgarrador relato de una joven de 20 años quien afirmó que la Justicia todavía no lo citó a declarar.
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“No tuve una infancia, jamás podré contarla. Me la robaron de la peor manera. Y ahora estoy sobreviviendo. Sola y como puedo”. María Champagna tiene 20 años, cuenta que fue abusada por su padre biológico desde que tenía 7 y que su madre sabía. Ahora vive en Puerto Madryn, un poco alejada de Comodoro Rivadavia, donde ocurrió aquella interminable “pesadilla” como ella misma lo define, aunque no del todo: dice que su padre la amenaza. 

“Puedo contar lo que me pasó con detalles. Tomé conciencia a los 7 años pero no puedo asegurar que no me haya pasado antes. Mi padre abusó de mi de todas las formas posibles. Y lo refleja me cuerpo. Es mi principal testigo. Pero no logro que la justicia tome esto como lo debe tomar. Y que este hombre vaya preso. Quiero justicia. Pero ya me cansé de hacer denuncias y ahora nadie me las quiere tomar. Lo última es una perimetral para que este señor no se me acerque ni tome contacto conmigo bajo ninguna forma”, asegura.

Marina hizo la primera denuncia el 7 de junio del año pasado. Fue en la Comisaría de la Mujer de Puerto Madryn ante la cabo de policía Karina Castillo y la agente Fernanda Tolosa. El 13 de junio lo denunció en la Fiscalía de Madryn. La jueza penal de refuerzo Carla Flores decidió la prohibición de acercamiento del padre bajo la imputación de “abuso sexual simple” por el término de 60 días. Clarín accedió a todas estas denuncias. Ahora entró en vigencia otra perimetral por seis meses. Pero nada más. Fue hasta donde llegó la justicia. Por lo que Marina sabe, su padre nunca fue convocado para declarar.

“Cuando era chica, él hacía lo que quería conmigo. No podía defenderme. Sólo pude hacer algo después de los 12, ante un hombre mucho más fuerte que yo. Quería escapar pero nunca pude. Además, él tiene dos caras. Una hacia afuera y otra hacia adentro. Cada vez que lo veía me temblaban las piernas. En mi casa era la última en dormirme porque él pasaba constantemente por mi pieza mirándome. Me perseguía y observaba todo el tiempo. Una vez mi madre vio como se me tiraba encima. Lo vio. Pero no dijo nada y lo defiende. Es cómplice del calvario que viví y que estoy viviendo”, dice. Marina habla y se pone inquieta, está nerviosa, por momentos se le quiebra la voz y se le humedecen los ojos.

El padre es ingeniero y maestro mayor de obra. Su madre es jubilada. El hombre trabaja en el Instituto Provincial de la Vivienda y estuvo un tiempo en Puerto Madryn por un traslado temporario. Ahora regresó a Comodoro Rivadavia. "Antes se presentó donde yo vivo, amenazó a la mujer que me da un techo y a mi también. Cómo lo hizo durante 13 años”, asegura. 

Marina está sola. No tiene apoyo legal ni psicológico. Tampoco de su familia: “Mis tíos y mis primos no me creen. Y mi hermano mayor, que vive en Buenos Aires, permanece ajeno a todo”.

Lo que denunció Marina y puede leerse en los expedientes judiciales resulta demasiado sensible como para reproducirlo. Lo volvió a contar durante la entrevista con Clarín, realizada en un parador de una estación de servicios de la ciudad del Golfo Nuevo. “Le tengo miedo a los hombres, no me acerco a ellos por nada del mundo. Tampoco a veces quiero salir a la calle. Pero tengo que hacerlo porque si no trabajo no como. Durante muchos años estuve bloqueada. Por las amenazas y por lo que me pasaba. Pero ahora me decidí a hacerlo público. Es mi última esperanza. Este hombre debe ir preso después de lo que me hizo”.

“Creo que Eduardo anda por los 60 y Marcela debe tener cincuenta y pico -dice Marina-. Recuerdo con claridad todo lo que me pasó desde los 7 años. Lo puedo contar con lujo de detalles. Porque además, los abusos con mi cuerpo continuaron hasta hace muy poco”.

“Este hombre me estaba destruyendo. Mi vida no fue vida. Fue y es de terror. Pero nadie lo cree. Me revisaron y me sometieron a pericias psicológicas. Y me dijeron que no encontraban nada. No entiendo. Mi cuerpo es mi testigo. Las marcas que tengo por tantos años de terribles abusos hablan por mi. ¿Qué más tengo que hacer? Todavía tengo miedo que me siga pasando”. 

A los 20 años, Marina tiene la apariencia de una chica de 15. Su definición de “me robaron la infancia”, cobra exactitud con solo verla y escucharla. Cuando cuenta su historia sus ojos claros se convierten en una mirada sin luz. Y suplica: “Estoy gritando, pero nadie me escucha”.

Fuente: Clarín

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