Violencia y Juventudes: "No es una cuestión de edad, ni de Rugby"

Opinión 22 de enero de 2020 Por Aquí Jujuy
Por Lic. Matias Rivera
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No se puede dejar de coincidir con quienes sostienen que, en el asesinato de Fernando Báez Sosa, subyace una matriz machista que promueve estándares de masculinidad, que no solo ha sido y es invisibilizada, sino también negada. Por consiguiente, los discursos hegemónicos que circulan en el ecosistema de pantallas, y que estereotipan las prácticas sociales sostienen que no es un problema de género, sino que son unos “pendejos” que no entienden nada.

Sin embargo, no se puede orientar y sustentar la discusión con una narrativa de base material en torno a la edad de quienes protagonizaron el homicidio en Villa Gesel, porque contribuye a la reproducción de una argumentación adultocentrica en detrimento de las nuevas generaciones. Como si no fueran personas adultas quienes aparecen a diario en las noticias (y cuantas veces no), golpeando, insultando e intentando ejercer violencia en contra de sus parejas, de sus hijas e hijos.

Es cierto que en la adolescencia y parte de la juventud la construcción de las identidades se hace en relación a los grupos de pares, con quienes se referencian y pasan gran cantidad de tiempo, algo que no sucede cuando las responsabilidades del ejercicio parental, laboral y/o profesional se incrementan. Es decir, es muy frecuente encontrar grupos de jóvenes más que grupos de personas adultas. Sin embargo, esto no tiene vinculación alguna con la violencia. Cuantas veces se generan conflictos en ligas de fútbol de veteranos o en otros espacios protagonizados por personas adultas.

Las personas que golpearon hasta la muerte a Fernando no son jóvenes ni rugbiers, son asesinos y cualquier análisis o referencia sobre las adjetivaciones de estos, implica perder la mirada en lo importante. Porque lo que verdaderamente importa es que, independientemente de todo el tecnicismo jurídico y de toda la parafernalia mediática en torno al caso, habrá un joven menos y una injusticia más. Una familia destrozada, una novia en soledad y una libreta universitaria sin completar.

No son jóvenes que “no saben nada”, por el contrario sabían bastante lo que hacían y aún midiendo las consecuencias lo hicieron, porque no puede inscribirse en la analogía de una conducta animal; lo que supone cazar por instinto como reacción de superviviencia, sino en la intencionalidad homocida de quienes mataron sin piedad. El tema es que se creyeron, soberbiamente, con impunidad. Esa impunidad que gozan quienes se creen superiores, por su condición de clase; por su tamaño; o por su género.

Ojala reciban un castigo ejemplar, y que la muerte de Fernando sirva para detenerse a pensar, en cada enfrentamiento que se produce para medir fuerzas o masculinidad, que el ser humano es frágil como un junco y que nadie tiene el derecho de destrozarlo. Se puede saber dónde comienza una pelea, un puñetazo o una patada, pero nunca se sabrá dónde puede terminar, y siempre va a ser una opción poder terminar con la vida de otro ser humano. Estas personas son asesinas.

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