En respuesta a´la Negra´Vernaci: "Lo que no entra en la Argentinidad"

Opinión 17 de febrero de 2020 Por Aquí Jujuy
Lic. Matias Rivera
ser jujeño

Hace algunos años Caggiano (2005) escribió ‘Lo que no entra en el crisol’, para referirse a procesos identitarios, inmigración boliviana y comunicación intercultural. En esas páginas traspolo la producción de sus trabajos de investigación doctoral, enfatizando sobre los discursos y las disputas imaginarias en torno a las representaciones y autopercepciones de las personas de origen boliviano como cerrados, orgullosos y por fuera de la ley. Por lo tanto, hay producción de conocimientos que desde la academia intentan buscar los sentidos que se construyen en la sociedad en relación a la discriminación y el racismo. Pero sin ir más lejos, el nivel de educación primaria tiene incorporada en su curricula ‘geografía argentina’ donde, mapas de por medio, nos enseñaron que la forma del zapatito era la provincia de Jujuy, debido a que la bota correspondía a la de la provincia de Santa Fe. 

Sin embargo, la NEGRA VERNACI, a modo de humorada, sostiene que "Jujuy es Bolivia". En primera persona, dijo “Bueno, bienvenido a la argentina, jujuy es Bolivia chicos, digámoslo, alguien lo tiene que decir JUJUY ES BOLIVIA”. La periodista, con sarcasmo e ironía, como con muchos otros elementos retóricos que buscan disfrazar su desinhibida xenofobia, no solo incita a la violencia sino que, además, reproduce un estereotipo eurocentrista del ser argentino.

Así mismo, al buscar deslegitimar la provincia como un destino turístico sin salida al mar, haciendo evidente una mirada centralista que posiciona por encima, y en detrimento de las provincias del interior, al porteño con su puerto. Es, claramente, una relación de poder que Foucault (1988) supo interpretar, sosteniendo que la relación asimétrica de poder no solo se ejerce por represión sino por normalización, es decir por esas prácticas cotidianas que consideramos normales que circulan de manera imperceptible porque las asociamos a lo normal, como aquello que está bien y que no es necesario cuestionar.

Sin lugar a dudas, no es la primer persona que lo entiende de esa manera y es una discusión que tiene que ver con la diversidad cultural y con las identificaciones. Tal como sostiene Grimson (2012), lo cultural alude a las prácticas, creencias y significados rutinarios y fuertemente sedimentados, como la vinculación de la cultura andina como orientadora de las prácticas de las provincias del norte, sobre todo de Jujuy, mientras que lo identitario refiere a los sentimientos de pertenencia a un colectivo y a los agrupamientos fundados en intereses compartidos (Grimson, 2012).

Por lo tanto, quienes vivimos en la provincia de los cerros coloridos, no nos molesta que nos digan Bolivianos por la reproducción de nuestras costumbres comunes a las del hermano país, sino que puede llegar a molestarnos la ignorancia y la mala leche de personas que utilizan un micrófono para discriminar, desconociendo la diversidad cultural como parte constitutiva del crisol del ser argentino. 

Ahora bien, mi abuelo era Boliviano y corre por mi sangre esa genética de persona sufrida, tal como lo definió la periodista. No es malo ser boliviano pero si considero de mala leche la mirada marginal y excluyente de argentinidad a quienes somos argentinos y no somos Bolivianos. Es un claro acto de xenofobia y de racismo. Por eso coincido con ‘la negra’ que somos personas sufridas, pero sufrida porque nuestros antepasados lucharon en soledad, batallas y escaramuzas por la liberación del país mientras en provincia de Buenos Aires, la oligarquía porteña hipotecaba nuestro futuro.

Un pueblo sufrido culpa de gente que se considera superior, tanto así como para no reconocernos parte del mismo país que dispone en sus paisajes cataratas y glaciares, pampa húmeda y salida al Mar. Como sostiene Elbir (2015): los lugares son un entramado de relaciones sociales que tienen sus efectos sobre el espacio, y habrá que seguir indagando en la historia de nuestros pueblos para encontrar esas modalidades de marcación entre los agentes y la identificación social. Al fin y al cabo, quienes se pierden de lo nuestro, quienes interpretan que la frontera del país termina en Güemes, prefieren vivir la contradicción de la que habla Franchella en ‘Mi Obra maestra’, y son los mismos que se rien de nosotros. Negra: a mi dejame con mis empandas y mi api, con mis cerros, mi carnaval y sin mar!

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